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Harry



17 de Marzo de 2017
Redacción
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Joaquín Garre ss.cc. escribe esta hermosa carta a los hermanos ss.cc. con motivo de la reciente muerte del P. Henrique Scheepens, dando gracias a Dios por el don de su vida y de su pertenencia a la Congregación de los Sagrados Corazones.


El autor de este artículo junto al P. Henrique Scheepens hace unos años.

Queridos hermanos:

Quisiera escribir unas líneas para agradecer el regalo de la vida de un buen, un gran hermano, un buen religioso, misionero y sacerdote.

Lo titulo Harry porque así le llamaban sus más allegados. De Henrique Scheepens ss.cc. me gustaría resaltar su onda fe, su espiritualidad, su compañerismo, su humildad, su amistad, la capacidad de escucha y su dedicación a los más humildes y los más pobres desde su ser sacerdote.

No quisiera idealizarlo, cuando vives dos años en una chabola con un hermano de la misma Congregación te conoces a fondo, te conoces mucho, por eso, soy consciente de sus fallos y pequeñeces, pero los que nos regala para que lo resucitemos en nosotros es, precisamente esa grandeza, inspirada en Damián de Molokai.

Antes de llegar a, digamos, su época más comprometida con los emigrantes, estaba ya en su cabeza, toda la formación teológica holandesa de aquel momento, actualizada con el Concilio Vaticano II, que le ayudó a ser un sacerdote cercano y atento a las necesidades de su pueblo y de su Iglesia. Recordemos que, él, con el gran grupo de holandeses y después portugueses ss.cc. también, atendieron diversos seminarios a petición de los obispos porque ellos llegaban de Holanda con una fuerte y actualizada formación teológica. Impagable el servicio prestado por nuestros hermanos a la Iglesia portuguesa. Fueron muchos y fructíferos años. Conocida es también la enorme generosidad de estos holandeses que enviaron misioneros por todos lados (Indonesia, Mozambique, Brasil, etc.). Pero, Harry, como Teófilo de Veuster, se quedó en Lisboa. No era el misionero de ideas originales y rompedoras, sino que era de esos misioneros que secundan lo que otros hacen y llevan su realización hasta el final.

Por eso, no fue el que se le ocurrió la idea de ir a los más pobres en un barrio de chabolas de Algés, cerca de Belem (Lisboa), sino que fue Jeff Martens quien se lanzó a la aventura y le arrastró con él. Pero, este intrépido e inquieto misionero se fue a los pocos meses a otras urgencias, dejando a Chico y a Henrique en su chabolita, rodeados de unos 6.000 caboverdeanos (Cabo Verde; antigua colonia portuguesa, al sur de las Islas canarias). La gran tarea de estos hermanos, apoyados por el resto de la Región, por las hermanas y más tarde también por la PJV europea y con el apoyo de la Provincia española, no fue sólo crear escuelas y guarderías en los distintos barrios, construir capillas para poder orar o conseguir movilizar alimentos, ropa y otras necesidades urgentes, ni siquiera la creación de una cooperativa para poder enterrar a los que fallecían. Mucho más allá de todos los emprendimientos realizados para la dignificación de la vida, fue el hecho de estar presentes, en medio de un pueblo que, como emigrantes, habían perdido sus raíces. Su presencia continuada confirmaba que Dios estaba con ellos. Chico regresó a la casa central y Henrique siguió con ellos hasta el final, hasta el desmantelamiento del barrio. Pero la experiencia con su pueblo ya le había calado tanto que, para el próximo destino buscó un barrio donde vivieran los más necesitados, los de los márgenes. Así, con la ayuda de su gran amiga y colaboradora Isabel Garrido ss.cc. buscaron casa en el barrio de Galinheiras, Catujal, Unhos…

Henrique ha intentado ser motor para sus hermanos, con el Evangelio en la mano, ha procurado ser fiel a Jesús, ha cuidado a los que nadie cuidaba, ha orientado, reñido, dado confianza, escuchado, ha buscado soluciones a angustias humanas y ha sufrido en silencio las muchas veces que la impotencia se hace presente en la vida del misionero porque no puede hacer nada, más que compartir el sufrimiento del pobre. Yo sé que le inspiró nuestro San Damián de Molokai. Se juntó a eso el estilo portugués tan misionero, tan desinstalado, capaz de dejar su tierra y una enorme humanidad acrisolada en su gran familia holandesa, que le apoyó siempre, el ejemplo de su hermano Jan, que fue General de nuestra Congregación, la amistad, apoyo e intimidad de las hermanas. Todo ello, junto con el sufrimiento del pueblo que veía delante de él cada día, hizo de Él un hombre de gran corazón.

Sólo me queda agradecer a Dios poder ver en Henrique un pequeño Damián, poder ser testigo, por dos años de esta entrega y pedir a Dios que nos envíe hermanos y pastores con grandeza de corazón.

Joaquín Garre ss.cc.

El Encinar, 16 de marzo de 2017

 
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