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Oriente Medio



07 de Agosto de 2017
Redacción
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Columna "Todo corazón", de Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., en la revista 21 de agosto-septiembre de 2017.


Nuestra Congregación nunca ha estado en Oriente Medio, ni en los países árabes. Es verdad que, en 1832, cuando aún vivía el fundador, hicieron obispo de Bagdad a Rafael Bonamie, un hermano francés que tenía entonces 34 años. Bonamie nunca consiguió ir a Bagdad, por lo que la Santa Sede lo nombró arzobispo de Esmirna en 1835. Esmirna está en la actual Turquía, en la costa que mira hacia Grecia.

Poco duró Bonamie en Esmirna. Dos años más tarde, en 1837, lo eligieron Superior General de la Congregación, sucediendo así al Buen Padre (como solemos llamar al fundador), que acababa de morir.

Oriente Medio nos puede parecer una zona inhóspita desde un punto de vista misionero. Es tierra de islam, y los pocos cristianos autóctonos pertenecen en su mayoría a otros ritos (no al romano). Los misioneros extranjeros podrían ser vistos como intrusos por los propios cristianos.

Está también la dificultad de las lenguas. El caso es que nunca se nos ha ocurrido abrir una comunidad por allá.

Sin embargo, Oriente Medio atrae con fuerza nuestra mirada en estos tiempos en que tantas noticias desastrosas nos llueven desde Libia, Egipto, Siria, Irak, Irán, Afganistán...

Aquellas sociedades, muy difíciles de comprender desde nuestra mentalidad, vivían en un delicado equilibrio impuesto por dictadores con poder absoluto. Tras la invasión de Irak en 2003 por parte de los americanos y sus aliados, aquel equilibrio reventó, se desataron los demonios, y toda la zona se convirtió en tierra de devastación, donde las facciones se matan unas a otras con una rabia que debe brotar de rencores fermentados durante siglos en lo hondo del alma de aquellos pueblos. Los atentados yihadistas, que tan histéricos nos vuelven, no son más que pequeñas centellas que nos salpican desde aquel volcán que tritura vidas y vomita masacres.

Los cristianos siguen pagando un precio altísimo de terror y persecución. Muchos han huido en masa hacia nuestros confortables países occidentales. Los tenemos hacinados, junto con los demás refugiados, en campos deprimentes en las periferias escondidas de Europa.

Mucho más podríamos hacer para acogerlos mejor, con dignidad, con afecto, abriendo futuro. Pero la mirada sigue escapándose hacia Oriente, hacia la tierra sufriente de donde vienen, y hacia los misioneros de otras comunidades religiosas que allí siguen resistiendo.

  
 
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