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¿Por dónde se va a Belén?



03 de Diciembre de 2017
Redacción
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Comentario al primer domingo de Adviento, de la mano del P. Osvaldo Aparicio ss.cc.


Iniciamos un nuevo Año Litúrgico. Su pórtico, el Adviento, nos invita a emprender un camino cuya meta es: BELÉN. Al comenzar nuestra andadura debemos preguntarnos por qué necesitamos caminar a Belén y descubrir el tesoro que allí se encuentra. ¿Merece la pena que lo busquemos?

Nuestro corazón es inquieto y está en búsqueda constante de felicidad plena. Así, en la primera lectura de hoy, el profeta Isaías, expresa el vehemente deseo del pueblo judío, después de su exilio en Babilonia, de verse liberado y sanado de su situación triste y desesperanzada. Entonces recurre a su Señor, Padre y Libertador, con una súplica vehemente: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! El pueblo confiesa que Dios es el único que puede colmar sus ansias y poner remedio a sus males.

El tiempo de Adviento es, igualmente, un grito del corazón humano que clama la venida de un salvador. Como nos relata el libro del Apocalipsis, la ferviente oración de los primeros cristianos, amenazados por la persecución, era un clamor lleno de esperanza: Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!

Es un hecho claro que todos tenemos sed y hambre de felicidad plena; siempre ansiamos más y más; pero la propia experiencia personal nos enseña que las cosas y realidades tangibles, por efímeras y caducas, no calman nuestra sed ni sacian nuestra hambre. Buscamos y buscamos. Es muy hermoso el salmo que expresa esta búsqueda del corazón humano: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (41, 2-3).

Pero, ¿cuál es el camino para encontrar la auténtica realidad que calme nuestra hambre?

Belén significa la casa del pan. El pan ha sido el alimento básico del hombre a lo largo de la historia; pues es ahí precisamente, en Belén, en la casa del pan, donde podemos encontrar el pan que sacie nuestra hambre interior, ya que allí, en Belén, cuando se rasgaron los cielos, descendió, como el maná en el desierto, el Enmanuel, el Dios-con-nosotros, Jesús, el verdadero pan bajado del cielo; por ello, el que coma de este pan, vivirá para siempre (Jn 6, 58).

Belén, para nosotros, no es tanto una ciudad cuanto el Amor de Dios hecho realidad visible en el Niño de Belén, en Jesús. Ir a Belén y encontrarse con Jesús es experimentar que la búsqueda de felicidad plena que hay en nosotros, no es un deseo insaciable. Belén es una meta hacia la que merece la pena caminar.

Jesús, el Niño de Belén, nos invita a que vayamos hacia él: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28). Quien beba del agua que yo le daré, nunca volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna (Jn 4, 13). Yo soy el pan de vida. El que viene a mí, no volverá a tener hambre (Jn 6, 35).

Pero, ¿Por dónde se va a Belén? ¿Por dónde se va a Belén?, nos preguntamos con un villancico que va a servirnos de pauta para vivir este Adviento y que domingo a domingo nos irá señalando el camino para encontrarnos con el Niño Enmanuel.

El Evangelio de hoy nos pide: ¡Velad! ¡Vigilad! ¡Estad despiertos!, para que encontréis el camino que lleva a Belén y no desviarnos de él.

 
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