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El Corazón de la Madre y del Hijo unidos



09 de Junio de 2018
Redacción
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Comentario a la fiesta de los SS.CC. por Osvaldo Aparicio ss.cc.


El papa Pío XII, en 1956, escribió una hermosa encíclica sobre el Sagrado Corazón en la que dice que su culto no es una devoción más de la que uno puede posponer a su antojo, sino que está enraizada en lo más profundo de la fe cristiana y que, en consecuencia, se trata del culto del Amor con que Dios nos amó por medio de Jesús.

En el núcleo de nuestra fe está que Dios es Amor (1 Jn 4, 8) y que su amor hacia nosotros es tal que le llevó a enviar a su Hijo al mundo para salvarlo.

Pío XII hace esta afirmación: No se puede llegar al Corazón de Dios sino por el Corazón de Cristo, como él mismo dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí”.

La encíclica comienza con una cita del libro de Isaías (12, 3): Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación. Estas palabras nos llevan a pensar en el salmo 41: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Sed de Dios; pero, ¿hay hoy día sed de Dios en el corazón humano? Lo que es incontestable es que todo corazón, creyente o no, siente profunda sed de una felicidad completa y, además, recordando a san Agustín, nuestro corazón siempre está inquieto y en búsqueda.

Hay quienes buscan calmar su inquietud bebiendo con avidez el agua de las realidades terrenas. Jesús, en su diálogo con la samaritana, dice, con acierto, que todo el que bebe de esa agua vuelve a tener sed; por eso, él nos ofrece algo distinto: En cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más tendrá sed. Porque el agua que yo quiero darle, se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.

En otra ocasión, era un gran día de fiesta, Jesús proclamaba con solemnidad ante la muchedumbre que lo rodeaba: Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37).

El Evangelio nos narra hoy que, tras la lanzada del soldado, brotan sangre y agua del costado de Cristo, mostrándonos que él es la fuente de la que con gozo podemos beber el agua de la salvación.

Así canta un himno al Corazón de Cristo:

Cristo, herida y manantial,

tu muerte nos da la vida,

que es gracia de sangre nacida

en tu fuente bautismal.

San Juan, después de narrar esa escena única del costado abierto del Crucificado, añade: El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. En ninguna parte, pues, podemos, descubrir mejor el amor de Dios que “mirando” al Corazón de Cristo. De ahí deriva nuestra vocación y misión Sagrados Corazones: Contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios encarnado en Jesús.

El cuarto Evangelio, en otra escena del Calvario, narra que junto a la cruz de Jesús estaba su madre. Es la madre que, hasta el último suspiro de su hijo, está junto a él, compartiendo su destino y misión salvadora. Junto a la cruz se hace visible la realidad que encerraban las palabras que el anciano Simeón dirigió a María cuando presentó a su hijo en el templo: Y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Palabras que nos señalan que el Corazón de la Virgen María está en total sintonía con el de Cristo, su hijo, y que ella está unida de manera singular al misterio de Dios hecho hombre y a su obra salvadora.

Por eso nosotros vemos unidos el Corazón del Hijo y el de la Madre en un mismo amor, y por eso nos consagramos a ellos en un mismo acto. El Fundador de nuestra Congregación de los Sagrados Corazones nos dejó este legado: “La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto”.

 
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